jueves, 9 de abril de 2020

Memoria herida


Hoy la memoria viene a herirme en lo más profundo. Hoy, la memoria busca el camino de los sentimientos y viene a herirme en una jornada muy especial para mí desde hace ya cincuenta años. Hoy, lo que debería de ser en parte una realidad compartida con mi gente y por otra, una riada de recuerdos, una promesa cumplida de agradecimientos y un encuentro con mi alma vividos bajo un antifaz de raso morado, se tendrán que convertir en una torpe confesión sobre el papel. Se suele decir que el papel lo aguanta todo, pero cuando se trata de sentimientos, no es fácil cumplir con el dicho.

Hoy, en vez de vivir una mañana de regreso tras un Señor Sentenciado, rodeado de gente que quiero y que me quieren, envueltas de enagüetas, plumas y corazas para después junto a ellos esperar a La Madre de Dios llenando toda La Resolana de Esperanza mientras en el estómago me revolotean miles de mariposas ante una tarde llena de una explosión de sentimientos, soñada durante todo un año; en vez de vivir esa sensación, lo que siento es a la memoria hiriéndome en lo más profundo.

Hoy se me llena la memoria de una nómina de cofradía con doscientos doce nazarenos, la del primer año que formé parte de ella. De un grupo de jóvenes sin miedo, que con sus ganas y amor a lo que querían, llenaron de vida a una Hermandad que en esos momentos dirigía un Pregonero que nos sirvió de referente en el concepto de entender este mundo de las cofradías, y al que también le servimos de soporte, porque al igual que reza en el título de una hermandad sevillana, había sido abandonado incluso por sus discípulos. Un grupo que llenó de vida la Hermandad, y que con sus pocos recursos económicos, también llenó de enseres a la cofradía.

Hoy la memoria viene a herirme con unos ensayos de unos jóvenes que querían ser costaleros y que lo consiguieron; vaya que si lo consiguieron. Ensayos semanales durante prácticamente un año del cual, los primeros meses, los de verano, fueron con una parihuela dentro del templo.

Hoy la memoria se me llena de muchas caras que se fueron, entre ellas, la de ese Pregonero y Hermano Mayor que mencionaba antes. La de un Mayordomo con un Renault 4-L que daba hasta tres viajes para llevarnos a todos a beber mosto a Umbrete o a participar como representación de la Hermandad en la procesión de la Virgen del Rosario de Carrión de los Céspedes, y la de un Secretario muy relajado, que escribía las matrices de los cartones para el cobro de las cuotas de los hermanos una a una y a mano, y que de Cabello, sólo tenía el apellido.

También se me viene a la memoria - gracias a Dios todavía entre nosotros y que lo siga estando por mucho tiempo - la de un Prioste, a la vez que “comandante” de ese grupo de jóvenes compulsivos, al que le volvía loco el organizar un picadillo de tomates aliñados en aquella terraza trasera aún sin vallar tras las dependencias de la Hermandad.

Hoy la memoria se me llena de días de reparto de Papeletas de Sitio yendo a los domicilios de los hermanos que no habían devuelto la túnica después de la anterior estación de penitencia, para preguntarles si iban a salir ese año, para en caso negativo, recogerles la túnica y que así la pudiese usar otro hermano que o bien no tenía o se le había quedado pequeña. Aquellos días de reparto, en aquella antigua Sala Capitular llena de cajas blancas de cartón, conteniendo túnicas esperando nazarenos que las recogieran, y aquel Mayordomo, con los bolsillos de la chaqueta llenos de papeles y unas gafas para cada ocasión, con una alacena, la cual todavía existe, donde aparte de diez mil cosas, guardaba aquella manzanilla que él mandaba etiquetar con el nombre de “Virgen de la O”. Siempre, cuando había un receso en el reparto o al final del mismo, alguno le decíamos: “Ricardo, una copita ¿no?” A lo que él siempre contestaba: “Cuando pase un ratito”, sentenciando a los cinco segundos con un: “Ya ha pasado el ratito”.

Hoy la memoria también se llena, afortunadamente, de caras que han ido llegando después de un servidor, y que han seguido engrandeciendo a algo tan querido por mí como lo es la Archicofradía de La O, pero especialmente, en la memoria duelen las que han ido llegando de mi sangre, esos a los que llamo yo de “genes de raso morado”, y que viendo mi locura, viviéndola y mamándola en su crecimiento, decidieron también un día engancharse a ella.

Hoy la memoria me trae cabildos de oficiales vestido de nazareno, tragando sapos y lágrimas o dando pasos de valentía a cara o cruz.

Hoy la memoria me hiere con túnicas de nazarenos y monaguillas, que una vez habían sido sacadas en ese ritual de cada Cuaresma para airearlas, han tenido que volver a su lugar de confinamiento – maldita palabra -, una de ellas, aún sin estrenar en la cofradía después de dos años.

Hoy duele la memoria. Hoy es Viernes Santo de 2020. Estoy seguro que será el más largo de mi vida. Sólo me queda esperar algo menos de un año, si Él quiere… y que esta tarde, llueva. Pero creo que esto último, va a ser que no.