Hoy la memoria viene a herirme en lo más profundo. Hoy, la
memoria busca el camino de los sentimientos y viene a herirme en una jornada
muy especial para mí desde hace ya cincuenta años. Hoy, lo que debería de ser
en parte una realidad compartida con mi gente y por otra, una riada de
recuerdos, una promesa cumplida de agradecimientos y un encuentro con mi alma
vividos bajo un antifaz de raso morado, se tendrán que convertir en una torpe
confesión sobre el papel. Se suele decir que el papel lo aguanta todo, pero
cuando se trata de sentimientos, no es fácil cumplir con el dicho.
Hoy, en vez de vivir una mañana de regreso tras un Señor
Sentenciado, rodeado de gente que quiero y que me quieren, envueltas de
enagüetas, plumas y corazas para después junto a ellos esperar a La Madre de
Dios llenando toda La Resolana de Esperanza mientras en el estómago me
revolotean miles de mariposas ante una tarde llena de una explosión de
sentimientos, soñada durante todo un año; en vez de vivir esa sensación, lo que
siento es a la memoria hiriéndome en lo más profundo.
Hoy se me llena la memoria de una nómina de cofradía con
doscientos doce nazarenos, la del primer año que formé parte de ella. De un
grupo de jóvenes sin miedo, que con sus ganas y amor a lo que querían, llenaron
de vida a una Hermandad que en esos momentos dirigía un Pregonero que nos
sirvió de referente en el concepto de entender este mundo de las cofradías, y
al que también le servimos de soporte, porque al igual que reza en el título de
una hermandad sevillana, había sido abandonado incluso por sus discípulos. Un
grupo que llenó de vida la Hermandad, y que con sus pocos recursos económicos,
también llenó de enseres a la cofradía.
Hoy la memoria viene a herirme con unos ensayos de unos jóvenes
que querían ser costaleros y que lo consiguieron; vaya que si lo consiguieron. Ensayos
semanales durante prácticamente un año del cual, los primeros meses, los de
verano, fueron con una parihuela dentro del templo.
Hoy la memoria se me llena de muchas caras que se fueron, entre
ellas, la de ese Pregonero y Hermano Mayor que mencionaba antes. La de un
Mayordomo con un Renault 4-L que daba hasta tres viajes para llevarnos a todos
a beber mosto a Umbrete o a participar como representación de la Hermandad en
la procesión de la Virgen del Rosario de Carrión de los Céspedes, y la de un
Secretario muy relajado, que escribía las matrices de los cartones para el
cobro de las cuotas de los hermanos una a una y a mano, y que de Cabello, sólo
tenía el apellido.
También se me viene a la memoria - gracias a Dios todavía entre
nosotros y que lo siga estando por mucho tiempo - la de un Prioste, a la vez que
“comandante” de ese grupo de jóvenes
compulsivos, al que le volvía loco el organizar un picadillo de tomates aliñados
en aquella terraza trasera aún sin vallar tras las dependencias de la
Hermandad.
Hoy la memoria se me llena de días de reparto de Papeletas de
Sitio yendo a los domicilios de los hermanos que no habían devuelto la túnica
después de la anterior estación de penitencia, para preguntarles si iban a
salir ese año, para en caso negativo, recogerles la túnica y que así la pudiese
usar otro hermano que o bien no tenía o se le había quedado pequeña. Aquellos
días de reparto, en aquella antigua Sala Capitular llena de cajas blancas de
cartón, conteniendo túnicas esperando nazarenos que las recogieran, y aquel
Mayordomo, con los bolsillos de la chaqueta llenos de papeles y unas gafas para
cada ocasión, con una alacena, la cual todavía existe, donde aparte de diez mil
cosas, guardaba aquella manzanilla que él mandaba etiquetar con el nombre de “Virgen de la O”. Siempre, cuando había
un receso en el reparto o al final del mismo, alguno le decíamos: “Ricardo, una copita ¿no?” A lo que él
siempre contestaba: “Cuando pase un
ratito”, sentenciando a los cinco segundos con un: “Ya ha pasado el ratito”.
Hoy la memoria también se llena, afortunadamente, de caras que
han ido llegando después de un servidor, y que han seguido engrandeciendo a
algo tan querido por mí como lo es la Archicofradía de La O, pero
especialmente, en la memoria duelen las que han ido llegando de mi sangre, esos
a los que llamo yo de “genes de raso morado”,
y que viendo mi locura, viviéndola y mamándola en su crecimiento, decidieron
también un día engancharse a ella.
Hoy la memoria me trae cabildos de oficiales vestido de
nazareno, tragando sapos y lágrimas o dando pasos de valentía a cara o cruz.
Hoy la memoria me hiere con túnicas de nazarenos y monaguillas,
que una vez habían sido sacadas en ese ritual de cada Cuaresma para airearlas,
han tenido que volver a su lugar de confinamiento – maldita palabra -, una de
ellas, aún sin estrenar en la cofradía después de dos años.
Hoy duele la memoria. Hoy es Viernes Santo de 2020. Estoy
seguro que será el más largo de mi vida. Sólo me queda esperar algo menos de un
año, si Él quiere… y que esta tarde, llueva. Pero creo que esto último, va a ser que no.
