Con lo sencillo que era,
con una cruz y dos tablas,
montar una Cruz de Mayo
en el patio de tu casa…
Con jaramagos del campo
y una cortina pasada,
la imaginación de un niño
se convertía en una hazaña.
Delante, uno con hucha
y detrás, con una lata,
otro cerraba el cortejo
con el son que acompañaba.
Iba un solo costalero,
que con una toalla
se hacía un pedazo de ropa
que alguien le colocaba
entre sonrisas paternas
en la puerta de una tasca.
Cómo han cambiado los tiempos,
ahora son los de la tasca,
con más pelos en los "güevos"
que un coco lleno de agua,
los que sacan el pasito
un día por la barriada.
Se van a un imaginero
y le encargan una talla,
que cuando acaba el paseo
¡sabrá Dios dónde la guardan!
Se buscan un carpintero
y le hacen unas andas;
traen doce mil costaleros,
remangones, con tirantas,
con sacos de colorines
tapándoles las miradas
y que hacen un relevo
a cada tres chicotás.
Y para formar jaleo
hasta se traen una banda,
que a los izquierdos del paso
hay que darles mucha caña.
Se ponen sus ternos negros
para coger una vara;
se buscan a un cura loco
que al Cristo le eche unas aguas;
y todos al día siguiente,
en la barra de la tasca,
presumen de ser cofrades…
¡Y un carajo… como una manga!
