No le gustan mis retratos. Sólo le gusta el obispo.
Ni tampoco, por lo visto,
mis poesías ni mis relatos.
Me honro con su maltrato,
viniendo de dónde viene.
Su olvido, a mi, me conviene.
Con eso, no me vacila.
No me gustan los meapilas
que en su ego se mantienen.