de un Martes de azahares.
Con sus bellos ajuares,
como cascada brava,
inunda Santa Cruz
muralla y caserío
cual caudaloso río
por toda la Alcazaba.
Se va desembocando
parsimoniosamente
su discurrir cadente
a Inmaculada plaza,
y Cristo va callando
las voces del camino
dejando solo el trino
que los vencejos lanzan.
Siguiendo la muralla
a modo de dosel
el monte de clavel
fragancia va soltando,
y la noche estrellada
se erige de testigo
sobre un ocre Postigo
que allí lo está esperando.
La luz incandescente
de blancos candeleros
extiende su reguero
en pared blanqueada,
y en el eco silente
reposa su armonía
la dulce melodía
de "Cristo en la Alcazaba".
