y Atrio de puertas abiertas,
donde asomaba, dispuesta,
Cara que mí me atraía.
Allí el corazón, se abstraía
de lo que la rodeaba,
y cuando te recreabas,
percebías que no tenía
cera a sus Plantas fundida
ni voz que la piropeara.
La noche traía dolores,
de un Nazareno abatido,
que alumbraban, cual testigos,
los cirios de sus faroles.
Deslizaba sus primores
para posarse en su Paso,
soñando con el ocaso
que se paraba en su espalda
cuando buscando Giralda
iba escoltado de rasos.
Mañana y noche del tiempo
que el mismo tiempo ha olvidado,
entre un aroma esperando
del parto desde los templos.
Luz y sombra en los adentros
que sin prisa traían días
íntimos de cofradías.
Ya sólo importa agradar
al que viene a visitar
que ni sabe a qué venía.
