Con su atril resplandeciente,
quedándose con la gente
con el índice hacia el cielo.
Cómo se le riza el pelo
al nombrar la cofradía
que lo ha invitado ese día
para darle un “pescaito",
a cambio de cuatro ripios
a lo que ni conocía.
¡Qué me gusta un trovador!
Con su corbata de rayas,
de colores que desmayan
y su nudo abrigador.
Con bolitas de alcanfor
metidas en los bolsillos.
Con la cabeza de brillo,
de brillantina a granel,
y labrado, con troquel,
en el ojal, su escudillo.
¡Qué me gusta un “cuenta-cuentos”!
Aunque siempre cuente el mismo,
que aprende cual catecismo
y va largando a los vientos.
Por tertulias y conventos
lo larga cambiando el santo,
o el del color de su manto,
si de una Virgen se trata.
Luego, al final, se retrata
rodeado de unos cuantos.
Ahora en serio, el que me gusta,
es el que tú a mí me das,
perfumada de azahar
en las vísperas soñadas.
El que en tu alma encontrada
recubierta de esplendor,
despiertas a la intuición
de los días que se aproximan...
Sin ripios. Sin pantomimas.
¡Eso sí que es un pregón!
