Cada vez que al romancero
acudo, cuando hace falta
darle a las cosas que escribo
una mijita de guasa,
me acuerdo de usted, Maestro;
de usted y de toa sus castas,
dicho siempre con respeto
que si no; si no se aclara,
sabe usted que más de uno
echa al vuelo las campanas.
Y no tengo más remedio
que acordarme de su gracia,
porque es la que más me gusta
de las muchas que recalan
en esta tierra bendita
debajo de una Giralda.
La gracia culta y serena,
la que a las gordas pelmazas
con niños impertinentes
alguna vez dedicaba;
la de Cipriano Telera;
la de una Pasión de Gracia;
y la de esa Facultad
de la Taberna del Traga.
Mucho he tardado, Maestro,
en dedicarle una entrada,
pero usted sabe de sobra
que no soy de esquelas falsas.
Pero leyendo el romance
de las Cruces mayeadas
la proposición de enmienda
a mi conciencia asaltaba,
y ya me dije: de esta;
de esta si que no pasa.
Y eso que en el blog lo pone,
que escribo en tierra romana,
toda esta ristra de notas
más o menos engarzadas,
y por lo tanto, Maestro,
perdone usted la tardanza
en recordar esaa Híspalis
que tenía usted en las entrañas.
Aunque para describirlo
lo mejor, son sus palabras;
aquellas que muchos días
por las ondas, de mañana,
me hacían parar el coche
para que no me multaran
por retorcerme al volante
con su arte y con su guasa.
«Nací en Sevilla; mi apellido es vasco
Vasca mi sangre, vasca mi figura.
Temo a la gente, la cordial me apura.
La palmada en la espalda me da asco.
La hembra me enerva; le doy bien al frasco.
Soy tímido a la vez que caradura.
De cuanto di, jamás pasé factura.
Cuando me pica la ilusión me arrasco.
Creo en Dios. Uso barba, como Cristo.
Como Judas también, como el demonio.
Me gusta el mundo y me horroriza el mundo.
Soy uno más. Me canso, luego existo.
Adoro a mi mujer, me llamo Antonio,
y me muero segundo tras segundo.»
Un abrazo, Maestro. Desde la gloria a La Gloria.
