sábado, 20 de septiembre de 2014

Por derecho

Su rostro se entristecía
al llegar la primavera,
viendo túnicas colgadas
entre el olor a canela
que por la casa rondaba
de cuaresmales comidas
que su madre cocinaba.

Eran días de algarabía
y de vísperas soñadas,
y los sentidos se abrían
ante una nueva jornada
de salir su cofradía
con túnicas recién planchadas.

Pero era un privilegio
sólo para media casa,
ya que una triste costumbre,
a Dios gracias reparada,
impedía por aquel tiempo
a la mujer esa gracia.

En su infantil pensamiento,
las dudas le atormentaban,
eclipsando aquellos días
de cofrade sevillana
y menguando la alegría
con preguntas y reclamas:
¿Por qué yo salir no puedo?
¿Por qué? Si yo soy hermana.
¿Por qué? Si yo así lo quiero.
¿Por qué manejan mis ganas
de vestirme con mi túnica
y con mi cera alumbrarla?
Si mi hermano es más pequeño
¿por qué él puede acompañarla?
Si yo llevo hasta su Nombre,
y como él soy hermana…

Pero al fin llegó aquel año,
con su víspera soñada,
y en el salón de su casa
otra túnica colgaba,
que le dio a su primavera,
el color que reclamaba:
el que por derecho propio
mereces tú, sevillana.