sábado, 24 de abril de 2021

Lirios de vuelta

 

Muchas veces, los cofrades nos quedamos en lo accesorio. Nos preocupamos en exceso de las formas, de los detalles. Le damos más importancia de la que merece al exorno floral, a la música, al horario, a la forma de llevar los pasos… Hasta que aparece el momento; ese momento coyuntural cuando menos te lo esperas que te hace ver que todo lo anterior es el camino, pero no el fin. Entonces te das cuenta para qué está la cofradía en la calle, y que lo que para otros pueden ser simples casualidades, para un creyente es nada más y nada menos que la presencia de Dios.
 
Es lo que a orillas del Guadalquivir llamamos "pellizco", y que hace no muchos años, sucedió en la Cofradía de La O mientras la misma discurría por su camino de vuelta. El momento fue percibido por pocas personas, pero para éstas, estoy seguro, la presencia de Dios fue mucho más que manifiesta.
 
Como digo, el paso del Nazareno andaba de vuelta con su particular zancada buscando su Templo a los sones de la música, y entre la gente que lo presenciaba, apareció una chica joven con muletas que le ayudaban – aparte de un joven que le acompañaba – a mantenerse de pie a duras penas. Se colocó delante del paso, y con una mirada entre triste y desafiante, parecía más que pedir salud, pedir explicaciones del porqué de aquella situación. El joven que la acompañaba intentaba quitarla de allí argumentándole que aquella decisión empeoraría su estado dada la angustia que le estaba produciendo, pero ella se resistía a abandonar aquel lugar. El paso paró, y el fiscal, gracias a su envergadura, arranco de la delantera del monte de lirios un pequeño puñado de estos que le entregó a la joven. Ella los miró y aceptó entre lágrimas. Momento que aprovechó su acompañante para convencerla de que le acompañase a la acera y, desde ahí, ver como el Señor seguía su camino.
 
Así fue, y el paso del Señor siguió su camino para alcanzar la plaza del Altozano.
 
Llegando al citado lugar, aparecieron dos jóvenes costaleros de la Hermandad de la Carretería, que tras haber realizado su estación de penitencia habían decidido acercarse por Triana para ver al Nazareno y, ajenos a lo que momentos antes había sucedido, le entregaron al fiscal de paso un puñado de lirios del paso del Cristo de la Salud para que se los pusiera al Señor a sus pies. El fiscal tomó y agradeció aquellos lirios y los colocó justo en el hueco donde habían estado aquellos que fueron entregados anteriormente a la joven.
 
Ella vino buscando al Nazareno de Triana para pedirle salud, y unos lirios del Cristo de la Salud, vinieron a Triana poco después, sin saberlo, para el mismo Nazareno.
 
Llegando a Triana estaba,
y andando siempre de frente
encontrándose a su gente
de regreso caminaba.
Allí ella lo esperaba
con mirada desafiante,
y llena de interrogantes
se mantenía a duras penas
en parapléjica escena
entre lágrimas retantes.
 
Su compañero intentaba
sacarla de aquel cortejo
que había roto en su desvelo
de postrarse ante su Cara.
Cuando casi lo lograba,
salió de la presidencia
una mano de clemencia
que al Nazareno arrancó
unos lirios que entregó
a tan devota inocencia.
 
Ella en el lado quedaba
observando con fijeza
los lirios en la belleza
de la palma de su mano.
Al llegar al Altozano,
recibía con gratitud
el hueco en su exactitud
unos lirios Carreteros
que traían, dos costaleros,
del Cristo de la Salud.