Cuando te miro de frente,
no lo puedo remediar,
tengo que cruzar el puente
para saber que es verdad
y que no es cosa de duendes
ni enajenación mental,
sino que mis ojos no mienten,
y eres una realidad.
Tengo que pisar tu suelo
para poderme creer,
que no es el río con el cielo
lo que me pudo hacer ver
un espejismo ceguero
que me confundió tal vez,
sino que en verdad existes,
y que nunca lo soñé.
No solamente eres barrio,
ni lugar, ni encrucijada.
Ni eres tres brazos del río
que Trajano te nombrara.
Ni puerto camaronero
donde las Indias llegaban;
ni donde vive de siempre
la abuela de Dios: Santa Ana.
No eres tan sólo un Domingo
de una Estrella Soberana;
no eres sólo soleá
rozando ya la mañana
de Oliver o el Arenero
con aromas de la Cava.
No eres solamente gloria
de flores en tus ventanas,
ni marinero Altozano
un Viernes por la mañana
desbordado de Esperanza
que nos inunda de Gracia.
Ni sólo avellanas verdes,
farolillos y cucaña;
ni camino rociero
de centenarias pisadas;
ni un Zurraque de Cachorro
de una agonía enclavada;
ni blanco patio encalado
con visillos y persianas;
ni una Capillita esbelta
de oraciones santiguadas;
ni San Jacinto y Pureza;
ni Castilla y las dos Cavas.
No eres tan sólo azahares
desde tu trasera blanca
con Salud de San Gonzalo
de andar que soñó Vizcaya.
No solamente eres eso.
Ni la luz de tus mañanas;
ni el anhelo del ausente;
ni tu aljarafeña espalda;
ni un Nazareno sumiso
cruzando un Puente de Barcas;
ni una Expectación Bendita
en tu suelo coronada;
ni un ocaso de acuarelas;
ni un maná de filigranas;
ni un zaguán de gloria eterna;
ni un mirador de la gracia
de un río que en resplandores
muestra Giralda y Maestranza.
Eres mucho más que eso,
pues eres parte del alma,
de quien tuvo un día la dicha
de criarse entre tus faldas,
de aprenderse tus costumbres,
de dormir en tu almohada,
de nacer bajo tu cielo,
de mamar de tus entrañas,
de presumir de trianero
y gritar: ¡Viva Triana!
