en ocaso de luces reposadas,
empotró, su candente luz rosada
en la vista perdida de su ceño.
Después, la noche trajo como sueño,
la luz que por la tarde fue guardada,
que fue desde su Cara derramada
por plaza donde todo era pequeño.
Luz de la tarde, que Ella aferra,
quedándose prendida en su calma.
En sus ojos se queda y encierra.
Después, ya por la noche, busca almas
en la que de María, es la tierra,
y un Miércoles se llama, de la Palma.
