En esa Tertulia, hace ya algunos años, un sábado de Cuaresma con los naranjos del barrio cuajados de azahar y el interior del bar cuajado de ambiente al calor del condumio y entre los cuadros que llenaban las paredes de tal forma, que cuando en agosto tocaba limpieza, el dueño sólo pintaba el techo porque si pintaba las paredes era incapaz de cuadrar de nuevo los cuadros, valga la redundancia, apareció un cliente desconocido acompañado de otra persona y se colocaron en una de las esquinas del pequeño mostrador. La gente seguíamos a lo nuestro, cuando de repente, este nuevo cliente misterioso, empezó a recitarle poesías cofrades a su acompañante. Al principio, consiguió el silencio y la atención del respetable. Antes de cada poesía, decía con voz solemne el nombre del autor, para después recitarlas con una voz que recordaba al NO-DO.
Parecía no tener fondo el archivo mental que poseía el "gachó"", y ya llegó el momento en que empezó a ponerse pesado y que la gente íbamos volviendo a nuestras particulares charlas e ignorando tan rancio recital de ripios cuando, en un momento dado y aprovechando un receso del poeta, desde la otra esquina del pequeño mostrador y dirigiéndose a él, saltó un habitual solitario de la Tertulia y le dijo: "te voy a recitar yo una que seguro que tú no sabes". Inmediatamente volvió el silencio, y todas las miradas y oídos se dirigieron al espontáneo. El poeta, respondió con una pregunta: ¿de quién es? A lo que el espontáneo respondió: mía; es mía. "Muy bien" – dijo el poeta - ; "escuchemos pues".
Nuestro espontáneo, mirándolo fijamente, exclamó: “¡Si Cristo murió en la cruz / con tres clavos solamente / ¿cómo está tu hermana viva? / ¡si la han "claváo" tantas veces!”…
El sepulcral silencio se convirtió en lágrimas de la risa. El poeta desconocido, apuró su rioja y con un “señores, buenas tardes” cogió la puerta y nadie lo volvió a ver por la Tertulia.
¡Qué buenos tiempos!
