Has llegado como siempre: sorprendiendo. Has llegado sin tu aroma, pero con tu luz, con tus frías sombras y tu cálido claro posándose en la cal de las fachadas. Te estaba esperando ¿sabes? Pero como siempre, me has dejado sin palabras.
Si te digo la verdad, me has cogido sin ganas de escribirte. Pero este año has llegado en febrero, el mes en el que me gusta recibirte, con su luz de mosto aljarafeño y eso me ha animado a decirte algo. Espero y por supuesto deseo, que tu final sea tan seco como tu comienzo. Pero de todas maneras, me has cogido, como siempre, con ganas de sentirte. De ver en la Resolana a la Virgen de la Esperanza vestida de ebrea el mismo día en el que tú te estrenas en el almanaque. De que me llenes con tu magia.
Estoy, como cada año, ansioso de besarte en el pie de un Nazareno en "El Silencio" de su calle, el primer viernes de marzo. De oírte en el golpe de un llamador de "mudá". De olerte en la cálida nieve de un naranjo escondido. De saborearte en esa torrija que en casa improvisamos con pan de bollo y que ya están dispuestas para ello. De verte en Vía Crucis vespertino con las Manos atadas por donde Sevilla se hace Roma. De sentirte en el alma.
Llegas, y un Nazareno en Triana entre cera roja y flores, preside desde su atalaya cuaresmal un altar de Quinario que espera jura y memoria.
En La Campana, un escaparate confitero se llena de nazarenitos de caramelo y pasitos en miniatura.
Llegas con el olor de una papeleta de sitio y unas estampitas para un monaguillo y una nazarena con genes de raso. Con la luz cada día más alta, que calienta una escalinata que pide rampa. Con caras anónimas y soñadoras portando capirotes en una bolsa por la Plaza del Pan. Con filigrana de tubos que irán dando forma a un pasillo de gloria. Con trasiego buscando estreno para un Domingo escrito en la costumbre. Con un cielo deseado para una tarde soñada. Con una nueva infancia en el corazón. Con unas nuevas palmas para los mismos balcones. Con olor a cera nueva. Con vírgenes vestidas de hebrea esperando una bambalina frente a su mirada. Con una corneta y siete plumas contando madrugadas. Con un nuevo sueño para un nuevo raso.
Has llegado, y como siempre, no sé qué decirte.
